La Patagonia chilena

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Provincia Última Esperanza

Torres del Paine

El Parque Nacional fue creado para proteger el Macizo del Paine, un grupo de montañas andinas cuyas cumbres más conocidas son Paine Grande (3.000 m.s.n.m), los Cuernos del Paine y sobre todo las Torres del Paine. Para explorar el parque hicimos el circuito de trekking llamado “W”, lo que nos permitió recorrer sus bosques, conocer los cerros, sortear los saltos de agua y disfrutar de las vistas de los lagos, durmiendo en modestas tiendas de campaña a precio de hotel de 5 estrellas.

La ruta W

Día 1

A Torres del Paine se llega habitualmente desde Puerto Natales, población desde donde se toman los buses, en nuestro caso a las 7 de la mañana, que te dejan en la entrada del Parque 2.5 h. después, tras recorrer los 150 km que separan ambos sitios. El camino puede hacerse largo si hay mala visibilidad, pero aun así puede deparar sorpresas, como nos pasó a nosotros.

A pocos kilómetros del parque tuvimos la suerte de ver a uno de sus símbolos: el puma. Aunque la distancia entre el animal y nosotros era considerable, la escena no dejaba ser emocionante, excepcional. Con la llegada del frío y la nieve en las cumbres, el puma se mueve por terrenos menos elevados en busca de su principal presa, el guanaco, una especie más grande que la llama.  Justamente el que vimos se estaba zampando un guanaco.

Como buen depredador solitario, este puma salvaje andaba cerca de la entrada del Parque.

Una vez finalizados los trámites de ingreso (que básicamente consisten en apoquinar), se puede empezar a andar inmediatamente o cabe la posibilidad de montar a un autobús o furgoneta (y apoquinar) para recorrer los pocos kilómetros que separan la entrada al primer “campamento”. Curiosamente, todos nos decidimos por esta opción, pese a que lo que nos motivaba era caminar, no parecía que nadie estuviera dispuesto a hacerlo mientras hubiera otras alternativas.

En ese primer campamento teníamos pensado dejar gran parte de la mochila en la tienda de campaña para, ahora sí, continuar caminando y hacer el brazo derecho de la W, lo que nos llevaría al Mirador de Las Torres del Paine. El caso es que cuando nos damos cuenta, nos vemos al inicio del camino, solos, caminando sin rastro de los turistas que acababan de llegar en 3 autobuses…quizás nos demoramos un poco en el campamento, no sé, todo el mundo parece tener claro dónde está el campamento, dónde dejar las mochilas, qué llevar para subir al mirador…

En fin, nosotros a nuestro ritmo, xino-xano, 4 horas de subida y lo mismo de bajada… no es durísimo pero tampoco en un paseo, vamos.

Subida a las Torres del Paine
¡Lo que esperábamos y lo que vimos!

Tal y como insinuaban las nubes, la lluvia no tardó en aparecer, acompañándonos en la bajada. Lo peor fue, no obstante, durante la cena, ya que resulta muy incómodo preparar unos espaguetis en la cocinilla bajo el agua. Esa noche tuvimos la visita de un zorro que merodeaba entre las tiendas y unos ratones que se tomaron la libertad de entrar en la nuestra y darse un festín de cacahuetes que nos habíamos olvidado en la mochila. Estábamos tan cansados que, pese a que oíamos ruiditos toda la noche, de tanto en tanto encendíamos la linterna, alumbrábamos a las mochilas y, como no veíamos nada, caíamos rendidos de nuevo… qué listos son estos marditos roedores.

Día 2

¡qué bonito arcoíris! y una racha de viento.

Bien. El día amaneció soleado. Tomamos un cacao calentito mientras íbamos empacando la mochila. Tocaba un tramo largo hasta el próximo campamento llevando todo el peso y con  amenaza de lluvia. 

Y así fue, 6,5 horas cargados como mulas, sobre todo “Almundsen” (el alter ego de Calafiano patagónico), en un sube y baja constante, bajo la lluvia, hasta llegar al campamento “Francés”, situado en medio del bosque, muy deslucido, especialmente bajo la lluvia. El barracón de las duchas estaba alejado de la tienda, así que con las botas puestas, la ropa húmeda y el palizón encima, nos cocinamos el plato de pasta en un rinconcito techado al lado de los lavabos. Pese a las incomodidades, el día había resultado muy interesante, los paisajes realmente bonitos aunque debido a las nubes bajas no pudimos ver gran parte de lo que el entorno nos ofrecía. Así que, satisfechos, nos metimos en el saco de dormir con ganas.

A mitad de la noche sucedió que me tuve que levantar para hace aguas menores. Sí, un verdadero rollo salir de la tienda, ponerse las botas, el poncho –porque seguía lloviendo- y el paraguas…así que fui rápido…pero justo acabé, empecé a notar dolor en el riñón… ¡me estaba dando un maldito cólico nefrítico! En medio de la nada y en mitad de la noche. Intenté ignorarlo, me tumbé y cerré los ojos pero el dolor era insoportable y dos horas más tarde ya estaba vomitando. Momento en el que Almundsen se despertó y aproveché para pedirle ibuprofenos del botiquín. No sé si fue por la incorporación o por las pastillas, pero cuando me tumbé, noté cómo se movieron “las piedrecillas” por el conducto. Así que pude dormir tres horas más, plácidamente.

Día 3:

El cólico y la lluvia, por suerte, habían desaparecido, pero nos alteraron un poco los planes de ese día. Primero, porque pese a que queríamos haber madrugado, Almundsen me dejó dormir hasta las 8 y eso nos acortaba un pelín el plan. Segundo, porque había tramos del camino completamente encharcados (en algunas zonas más que caminos eran torrentes), lo que ralentizaba significativamente la marcha. Esa jornada tocaba hacer el tramo central de la W, en un combinado de mochila grande (40 minutos) hasta el camping Italiano, mochila ligera (4 h hasta el mirador Británico y bajar al Italiano) y mochila grande otra vez hasta el campamento Paine Grande (2,5 h). No pudimos, sin embargo, alcanzar el mirador Británico, decidimos dar la vuelta antes y dirigirnos al campamento Paine Grande, para poder llegar con luz. Llegamos con el ocaso, tras un día duro por el agua, la resaca del cólico, el viento, pero quizás de los más bonitos.

El campamento/refugio Paine Grande está situado en la orilla del lago Pehoé, en una zona llana y bastante ventosa. Es un refugio bastante nuevo resurgido de las cenizas del anterior, el cual fue arrasado en el mega incendio de 2011-2012 que quemó una parte considerable del parque. El incendio fue provocado por un turista que quemó papel higiénico tras hacer sus necesidades… es que, a quien se le ocurre quemar papel en una zona donde siempre hay viento, ¡y mucho!  

El campamento dispone de un barracón comedor-cocina muy grande, así que pudimos preparar pasta la mar de cómodos. Las tiendas de campaña son de esas North Face grandecitas, por lo que dormimos a nuestras anchas.

Día 4:

Excursión de 24 kilómetros (ida y vuelta), 1.400 metros de desnivel acumulado, sin mochila. El objetivo era llegar al mirador del Glaciar Grey, situado en el extremo sur del Campo de Hielo Sur de Chile, y volver. En esta zona, el viento pega muy fuerte, casi no te deja andar.

El Glaciar Grey es el portal al Campo de Hielo Sur, la enorme y mayor masa de hielo glaciar continental que cubre la última parte de la Cordillera de Los Andes en su zona austral. Está en retroceso, en rápido retroceso… un hecho que se manifiesta porque el mirador cada vez está más lejos del frente glaciar.

Desde el mirador Grey

El mirador se sitúa justo en el frente del glaciar, el cual mide unos 6 km de ancho y más de 30m de altura, al lado de un gran témpano de color azul, a la deriva en el lago. Con esas vistas, nos comimos los bocadillos que habíamos preparado como todos los días, con jamón dulce y queso, ingredientes que llevábamos en la mochila desde el primer día.

Glaciar Grey.

Si uno camina más allá del mirador puede llegar a contemplar más extensión del Campo de Hielo Sur. Las vistas más espectaculares deben estar sendero arriba, a 1.200 metros de altitud, al inicio de un paso que cruza el macizo de la cordillera del Paine y que forma parte del recorrido O. No obstante, decidimos no hacerlo porque quedaba la vuelta y volveremos a encontrarnos con el Campo de Hielo en los siguientes días, cuando visitamos el glaciar argentino Perito Moreno y cuando nos acercamos al monte Fitz Roy.

Llegamos cansados al refugio, por qué no decirlo. O estábamos en baja forma o más gordos o yo que sé… En fin, aún era de día y nos sentamos a descansar tranquilamente mientras preparábamos el plato de pasta con salsa de tomate que venía siendo nuestra cena diaria. Las provisiones que habíamos comprado para todos los días de la ruta habían sido las correctas, sin excesos, pero jolines, como pesaban… Podríamos habernos ahorrado las esterillas hinchables y los sacos de dormir, que se incluían en la tienda de campaña, pero eso lo supimos a posteriori, porque en la reserva no quedaba claro que eso fuera así.

Día 5:

Siempre nos pasa lo mismo, el último día estamos entre tristes y contentos, dominados por ese sentimiento agridulce que aparece cuando sabes que se acabaron los palizones que, sin embargo, empiezas a echar de menos porque significa que la rutina montañera a la que ya te habías acostumbrado ha llegado a su fin.

El desayuno fue el último momento que compartimos con los senderistas, que alargamos hasta quedarnos solos en el comedor. El catamarán que nos iba a llevar de vuelta a la entrada del parque salía a eso las 11, así que teníamos tiempo para no hacer nada. Tras el catamarán, un bus te lleva a la entrada del parque, y de allí a Puerto Natales, donde queda tarde suficiente para conocer el pueblo, hacer la colada y comerte un plato de cordero patagónico al palo, por decir algo.

– Puerto Natales

Si realmente se quieren ver las vistas panorámicas del Macizo del Paine la mejor manera es alquilar un vehículo y recorrer los caminos que van a parar a los múltiples miradores que dispone el parque, a los que se puede llegar fácilmente a través de pequeños senderos. Si el día es luminoso y soleado, las fotos serán espectaculares. Nos hubiera encantado hacerlo, pero no lo hicimos. En cambio, ese día de descanso lo dedicamos para visitar un sitio singular, como su propio nombre indica: “The Singular Patagonia”.

Si te quieres sentir como un explorador del siglo pasado preparando la próxima expedición por la Patagonia, este es el sitio. Si quieres saber cómo se explotaba la principal fuente de ingresos de la región, fuente de millonarios y gente poderosa, este es el sitio. Si quieres sentirte rico, este es el sitio. Si quieres sentirte pobre, también es el sitio…

Este edificio era en su origen el Frigorífico Bories (1915), una factoría que formaba parte de la empresa Patagónica más grande, el latifundio ganadero “Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego”. En este recinto se realizaba el proceso de manipulación y refrigeración de millones de ovejas (en las fotos de la época, aparecen las pobres ovejas camino a su propio campo de exterminio), y luego exportadas como carne y lana a los mercados europeos (estoy casi segura de que algún fardo de lana acabó en Sabadell, por ser el primer centro textil lanero de España).

Pero atención, que el éxito del negocio no fue por casualidad o por clarividencia de los socios. Contribuyó significativamente tanto el gobierno chileno como el argentino, que ofrecieron extensas concesiones de tierra al capital ganadero —al principio de origen británico— para fomentar la población de esas regiones, convirtiendo las explotaciones en prósperos negocios, que fueron creciendo y creciendo y, por tanto, necesitando cada vez más y más tierras para las ovejas, ocupando con ello el territorio de los Selknam, los nativos de la zona, pueblo nómada que vivía en tiendas cubiertas de piel de guanaco. Así empieza la trágica historia de los Selknam.

Donde antes había guanacos, su principal sustento alimentario, ahora pastaban ovejas en campos limitados por alambradas, lo que obligaba a los guanacos a desplazarse a las tierras más altas y a los Selknam a cazar ovejas para poder subsistir. Los colonos no lo veían de la misma forma, pensaban que estaban siendo objeto de saqueo y no estaban dispuestos a asumir las pérdidas económicas, así que empezó la lucha. El gobierno no se puso en el lado de los Selknam, quedando desprotegidos, y los empresarios ganaderos, gozando de libertad para actuar en su propio beneficio, contrataron a numerosos hombres para básicamente matar y liquidar a los Selkman. Entre los “cazadores de indios” destacan Alexandre Maclennan (el mayor asesino de indígenas, reconocido por él mismo), Julius Popper o John McRae. En la actualidad se considera que la etnia se extinguió con la muerte de la última mujer Selknam en 1974…aunque posiblemente sobreviva algún descendiente…

Hoy día el Frigorífico Bories es un hotel de lujo con mucho encanto. La restauración de los edificios y espacios que ocupaban la antigua fábrica fue llevada a cabo por los descendientes de los empresarios fundadores y por el arquitecto chileno Pedro Kovacic. El resultado resulta simplemente espectacular. La visita te permite hacerte una idea de la importancia del establecimiento ese industrial de principios del S.XX, conocer la sala de máquinas donde se ubicaba el sistema de enfriamiento y la producción de electricidad para las cámaras frigoríficas, bodegas, la herrería, el taller mecánico, el muelle, etc. No en vano hotel está declarado Monumento Nacional. Pero es que además, es un sitio fabuloso para tomarse un café y soñar…¡sí señor!

Curiosear por todas las estancias posibles y luego tomarse un café en el comedor, frente al ventanal, con vistas al canal Señoret…una gozada

⭐⭐⭐⭐⭐

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