La Ruta de los Parques. Vuelta a la Patagonia chilena.

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Región de Aysén, Chile

El regreso a Chile lo hacemos por el paso fronterizo de Los Antiguos. Los pasos fronterizos por carretera siempre resultan muy interesantes, si no hay problemas, claro. Son momentos de mucha intensidad «viajera», no sé si se me entiende. Son pequeñas dosis de esencia viajera especialmente si se producen en zonas remotas, con las mochilas en la espalda y el pasaporte en la mano a la espera del visto bueno de un funcionario fronterizo. Tanto el paso de Los Antiguos como el de Casas Viejas son buenos ejemplos de ello. La “tensión” es mayor al entrar a Chile, debido a que los chilenos son muy estrictos con la comida, generando esa pequeña dosis de adrenalina si llevas algo no permitido. En nuestro caso llevábamos confitura de calafate, comprada en Argentina. No pasó nada, lógicamente. Si nos hubieran quitado la mermelada hubiera sido un tema grave. Con la comida no se juega.

Horas antes, el bus nocturno que recorre la mítica carretera 40 nos había dejado en la estación de buses del pueblo argentino Los Antiguos, donde contratamos un transporte para cruzar la frontera (minivan) hasta el pueblo de Chile Chico. Allí volvimos a contratar un transporte hasta Puerto Tranquilo, en este caso se necesitaron un par de “rancheras” debido a que nos juntamos un pequeño grupo de turistas (1 alemán, 1 francés, 1 japonés…) y a que circulábamos por «ripio».

Por desgracia, nuestro plan A no pudo llevarse a cabo. Nuestra idea inicial había sido visitar la Cueva de las Manos (Patrimonio de la Humanidad) desde Los Antiguos, pero ese día no había ningún tour ni coches de alquiler. Así que pasamos al plan B, que consistía en llegar pronto a Los Antiguos para cruzar a Chile Chico y tomar el único “ferry” diario que une esa población con Puerto Ibañez cruzando el lago General Carrera, desde donde se puede llegar a Coyhaique, ciudad donde se pueden alquilar coches. Pero este plan tampoco funcionó porque la carretera 40, que es de tierra (ripio), estaba inundada en algunos tramos y el autobús tuvo que tomar una ruta alternativa que nos hizo perder tiempo y, como consecuencia, el ferry. Así que fue el plan C el que resultó ganador. En la Patagonia hay que habituarse a los cambios de planes.

Total, que nos dirigimos a Puerto Tranquilo por carretera de ripio por la orilla del lago General Carrera y entre cerros mineros, destino al que llegamos tras 3.5h.

Puerto Tranquilo

Puerto Tranquilo es un pueblecito ubicado en la orilla del lago General Carrera. Se trata del lago más grande de Chile y sus aguas son de un bonito color turquesa y muy frías. Gélidas. Tanto es así que el mismísimo Douglas Tompkins –fundador de la marca The North Face y conservacionista de la Patagonia chilena- tras caer al lago desde su kayak falleció por hipotermia, en el 2015.

Desagüe Lago General Carrera

Al no disponer de coche y debido a la aparición de la lluvia, pasamos esa tarde (y de hecho también el día siguiente) como el propio nombre del pueblo indica: tranquilos. Posiblemente uno de los mejores momentos del viaje, disfrutando de no hacer nada más que tomar café en una de las pocas cafeterías del pueblo y lectura en nuestra rudimentaria cabaña, junto a la estufa. Esta circunstancia, el no poder hacer nada por lluvia y falta de transporte me refiero, es muy habitual en la Patagonia Chilena.

En todo caso, nosotros no estábamos allí para disfrutar solo del crepitar de la madera al quemar y la lectura.  Nos quedamos hasta que el tiempo nos permitió hacer la excursión a la laguna San Rafael. Sea como fuere, en Puerto Tranquilo nos encontramos por fin con la Carretera Austral, la principal vía de transporte terrestre en la Patagonia chilena. La carretera, aun gran parte está sin asfaltar, forma parte de la Ruta de los Parques de la Patagonia chilena, un recorrido escénico de 2.800 kms, que pasa junto a 17 parques nacionales ubicados entre Puerto Montt y Cabo de Hornos. Un recorrido que para completarlo necesitas muuuuucho tiempo y dinero, pero con una variedad paisajes naturales incontestable.

Glaciar San Rafael

7 de la mañana y ya estamos en la caseta de la agencia 99% Aventura, junto a 6 turistas más, el conductor de la furgonetilla típica y el capitán de la embarcación. Nuestro primer objetivo es recoger al guía, un joven de Santiago que vive solo en una casa a pocos kilómetros de Puerto Tranquilo, en el Valle Exploradores. Continuando por ese valle atravesamos los Andes por un camino que serpentea entre bosques, ríos, cascadas, cumbres nevadas, en un día lluvioso y brumoso que no nos permite ver el increíble paisaje que estamos atravesando. Tras 77 km marchando hacia el este llegamos a un embarcadero donde dejamos la furgonetilla, recogiendo el “capitán” el testigo del conductor y encargándose a partir de ese momento de continuar la ruta, tomando los mandos de una lancha y dirigiéndonos por la Bahía Exploradores en dirección a la Laguna San Rafael. Tímidamente se van abriendo claros en el cielo, sin embargo el guía nos dice que es mejor que el cielo esté encapotado para que se aprecien mejor las diferentes tonalidades de azul del glaciar San Rafael, que es el verdadero objetivo de la travesía.

Si tener un día nublado es bueno para contemplar el glaciar, entonces estamos de muchísima suerte. Envueltos en esa luz vemos los impresionantes témpanos de hielo que flotan en la laguna y el espectacular ventisquero.

Allí está… el Glaciar San Rafael

Es muy salvaje. Una pared frontal de casi 2 km y de entre 60-70 metros de altura, que proviene de la montaña más alta de la Patagonia, el Monte San Valentín. Podemos disfrutar en soledad (somos el único barquito en la laguna) una gran cantidad de desprendimientos del frente del glaciar.

En un marco tan incomparable se ofrece el colofón final: un hielo exquisito como complemento de un whisky añejo. La verdad es que como a la gente le gusta la marcha, la actividad fue divertida y acabamos todos “tocados”, sin notar el frío que hacía y con la sonrisa floja. Hay que decir que, si bien lo normal es tomarse un whisky con hielo, nosotros nos trincamos 3 botellas. El regreso a Puerto Tranquilo fue con música a tope, todos muy amigos, descontrolados, incluso nos turnamos en la conducción de la barca. Llegamos de noche. Vaya con el hielo “añejo”….

Coyhaique

Día de tránsito, sin planes salvo llegar a Coyhaique y encontrar una agencia de alquiler de coches abierta. Parece un plan sencillo pero no somos capaces de ejecutarlo porque aunque llegamos a la capital de la región, lo hacemos en domingo y es sagrado, todo está cerrado salvo restaurantes y cafeterías. Nos limitamos, pues, a comer y lo hacemos en un sitio curioso: la “Casino de Bomberos”. Sería como la cantina del parque de bomberos, pero atienden a todo el mundo. Al ser domingo tienen un menú fijo: empanadas de carne y un troncho de carne asada con patatas cocidas. Simple, sabroso, tierno…riquísimo.

Conducción por la Carretera Austral

Día 1

Empieza nuestra ruta en coche por la carretera Austral con destino a Puyuhuapi.

Parada en Puerto Aysén

El camino austral está parcialmente pavimentado en ese tramo, aunque deja de estarlo a partir de la “Cuesta de Queulat”. Este es el trecho crítico porque las condiciones climáticas no son favorables y llevamos el coche más pequeño/barato que tenía la agencia (los precios en Chile son extremadamente caros). Afrontamos “la cuesta” con nuestro pequeño Fiat Panda bajo una fina lluvia, sorteando cada una de las 33 curvas que conducen al paso de montaña a través de un camino angosto por el que circulan camiones, buses y, en definitiva, vehículos de todo tipo. Pero no muchos. Poco a poco ascendemos y salimos del paso bastante airosos. A ver qué tal se nos da al día siguiente, cuando tengamos que volver a pasar para acceder al Parque Nacional Queulat. La idea inicial era visitar ese parque este mismo día, pero debido a la lluvia decidimos dejarlo para el día siguiente, con la esperanza de que el tiempo mejore y así realizar alguna caminata y disfrutar de las hermosas vistas del Ventisquero Colgante. Así pues, nos dirigimos al pueblito de Puyuhuapi donde buscar alojamiento y pasar la noche.

Puyuhuapi es un pueblecito fundado en la nada por unas tres o cuatro familias alemanas allá en los años 30. Todavía hoy día viven aquí descendientes de los pioneros, como es el caso del sitio donde nos alojamos, la Hostería Alemana, acogedora casa de madera con bastantes habitaciones que en estos momentos está vacía por ser temporada baja. Nos atiende un joven de Santiago que es el nieto de la pionera fundadora, una señora alemana que llegó en 1958 y que todavía vive en su casa, cultivando papas y lechugas y cuidando del bonito jardín. El nieto pasa la temporada alta en la hostería y el resto del año en Santiago. Afirma flipar por la gran diferencia de estilo de vida entre la ciudad cosmopolita y el pueblo. Contaba el chico que una vez estuvo los 3 meses de invierno, hacía tiempo, periodo en el que solo salió de la hostería para regresar a Santiago, ya que la niebla no permitía ver nada y el frío y la lluvia eran intensos y constantes. Nos contó que había planes para asfaltar la “cuesta de Queulat”, facilitando considerablemente la comunicación con Coyhaique, lo que quizás traería más gente al pueblo, el cual se encuentra bastante aislado entre un lago, montañas y un fiordo.

Antes de cenar compramos la cerveza local “Hopperdietzel”, que produce un descendiente de los fundadores de Puyuhuapi de manera artesanal, usando las aguas “puras” procedentes del deshielo de los glaciares del Campo de Hielo Norte. Tras degustar las cervezas, al calor de la lumbre de la chimenea de la posada, nos dirigimos a uno de los pocos restaurantes abiertos donde cenamos extraordinariamente bien, papillote de merluza austral (fresca y pescada a no mucha distancia del pueblo) y caldillo de congrio (plato típico servido en una fuente de barro que llaman paila de greda).

Un delicioso caldillo de congrio en Puyuhuapi

Día 2

¡Tormenta! Con eso lo digo casi todo. La lluvia había venido para quedarse todo el día, así que sabíamos que el Parque de Queulat estaría cerrado. ¡Qué pena estar tan cerca de un sitio tan bonito y no poder disfrutarlo! Definitivamente, es muy difícil que los planes salgan bien en esta región del mundo. Así es que desayunamos con tranquilidad, probando todas las mermeladas caseras que había sobre la mesa. La más sorprendente, la de rosa mosqueta.

Aunque la lluvia era intensa, conduciendo con cuidado nos dirigimos a la entrada del parque, donde nos pusimos pantalones de plástico y poncho para la lluvia y nos acercamos al guardabosque para preguntar si se podía visitar, a lo que respondió que imposible, que todos los senderos estaban cerrados. Así que nada, de vuelta otra vez por la cuesta de Queulat, en esta ocasión con más precaución que el día anterior, si cabe. No renunciamos, no obstante, a visitar algo ese día (el enésimo día “tranquilo”), así que nos desviamos a Puerto Cisnes, una pequeña localidad costera con cierta similitud a la costa del Pacífico californiano, pero en este caso con un puerto de pescadores. Como seguía lloviendo, entramos en un restaurante y a pesar de no tener hambre pedimos un plato típico de la zona, la paila marina, sopa de pescado cremosa muy buena. Nos la comimos en un abrir y cerrar de ojos, y reitero, sin hambre.

Día 3

El vuelo lo tenemos en Balmaceda, al sur de Coyhaique, por la tarde, y el coche lo tenemos que retornar en el aeropuerto, así es que lo podemos aprovechar unas cuantas horas más, esta vez por la Carretera Austral dirección sur. Decidimos acercarnos al Parque Nacional Cerro Castillo, macizo de origen volcánico, magnífico, precioso, espectacular en parte porque el bosque de lengas que lo rodea se tiñe de rojo en esa época del año. De haber tenido un día más (cosa posible si hubiéramos tenido mejor clima), habríamos hecho sin duda, un excursión hasta la cima.

Cerca de Cerro Castillo se encuentra el Paredón de las manos, una pared rocosa de 25 metros donde hay pinturas rupestres de unos 5 mil años de antigüedad pertenecientes a la etnia Tehuelche. Lo mejor, las vistas del Cerro Castillo desde ese enclave.

Consejo de buen conductor patagónico: a la hora de aparcar el coche, siempre de cara al viento para evitar que las puertas se abran de golpe y se rompan.

Rosa mosqueta de Aysén

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